El acordeón puede llevar la melodía, pero el alma del vallenato reside en la percusión. La caja, de herencia africana, y la guacharaca, de origen indígena, completan la trilogía instrumental que define al género. Son estos dos instrumentos los que marcan el compás, invitan al baile y sostienen la estructura rítmica de los cuatro aires: paseo, merengue, son y puya.
La guacharaca, hecha tradicionalmente de caña de corozo, imita el canto de las aves del monte y conecta la música con la naturaleza ancestral de la Sierra Nevada. Por su parte, la caja vallenata, ese pequeño tambor cónico, es el latido del corazón del conjunto; sus repiques son la base sobre la que el acordeonero puede volar. Juntos, representan el mestizaje perfecto que es Colombia.
A menudo eclipsados por el brillo del acordeón, los cajeros y guacharaqueros son maestros del tiempo y la resistencia. Su destreza física y su oído absoluto son vitales para una buena parranda. Hoy rendimos tributo a estos “escuderos” musicales, recordando que el vallenato es un diálogo a tres voces donde cada instrumento es protagonista.