La Semana Santa en Valledupar no solo es tiempo de reflexión religiosa, sino también de deleite gastronómico. La tradición manda que las carnes rojas se reemplacen por pescados y, sobre todo, por una inmensa variedad de dulces caseros. Las abuelas y matronas sacan sus grandes pailas de cobre para cocinar a fuego lento manjares de leche, coco, ñame, maduro, papaya y toronja. Es un ritual que reúne a la familia en torno al fogón y la cuchara de palo.
La Plaza Alfonso López se convierte en una feria del dulce, donde propios y turistas pueden probar estas delicias. El dulce de “leche cortada” o el de “icaco” son joyas de la repostería criolla que se resisten a desaparecer. Esta costumbre tiene raíces profundas; era la forma de ofrecer hospitalidad a los visitantes y de compartir con los vecinos en días de guardar. Regalar un frasco de dulce es, en el Cesar, una muestra de cariño y respeto.
Más allá del sabor, la temporada de dulces dinamiza la economía local. Cientos de mujeres cabezas de hogar encuentran en la venta de estos productos un sustento importante. Mantener viva la tradición de los dulces de Semana Santa es preservar un saber ancestral que combina los frutos de la tierra con la paciencia y el amor de las manos vallenatas.