Un día como hoy recordamos la partida de Calixto Ochoa, uno de los compositores más prolíficos y queridos del vallenato. Nacido en Valencia de Jesús, pero hijo adoptivo de la sabana, Calixto fue un puente musical que unió el sentimiento vallenato con la alegría del porro y el fandango. Su paso por Los Corraleros de Majagual internacionalizó el sonido del acordeón, llevándolo a salones de baile de todo el continente.
Calixto no solo tocaba; narraba la vida con una picardía inigualable. Canciones como “Los Sabanales”, “El Africano” y “Diana” son crónicas bailables que forman parte del ADN festivo de Colombia. Su genialidad radicaba en la simplicidad aparente de sus letras, que escondían una profunda observación de la condición humana y el entorno campesino. Fue un innovador que no tuvo miedo de experimentar con ritmos y sonidos.
Su legado sigue vigente en cada fiesta de fin de año y en cada festival. Calixto Ochoa nos enseñó que el vallenato también se baila “apretaíto” y que la risa es una forma válida de folclor. Hoy, su música sigue siendo la prueba de que un negro de Valencia de Jesús pudo poner a bailar al mundo entero con su acordeón al pecho.