En los caminos polvorientos de La Guajira y el Cesar, nació la leyenda que da sentido al Festival Vallenato. Se cuenta que Francisco Moscote, un juglar andariego conocido como “Francisco el Hombre”, se encontró una noche con el mismísimo diablo. Satanás, con acordeón en mano, retó al músico a un duelo, interpretando melodías tan hermosas como aterradoras que buscaban robarle el alma. Francisco, al verse superado por la destreza maligna, entendió que no era un rival terrenal.
Con valentía y fe, Francisco entonó el Credo al revés, acompañándolo con las notas más dulces de su acordeón. La melodía sagrada fue insoportable para el demonio, quien huyó derrotado entre nubes de azufre, dejando al juglar victorioso. Esta historia es la metáfora perfecta del vallenato: una música que nace de lo profano y la parranda, pero que tiene un poder espiritual capaz de vencer la oscuridad.
La leyenda de Francisco el Hombre es el pilar de nuestra identidad folclórica. Nos recuerda que el acordeón es un instrumento bendito y que el talento, cuando se usa con el corazón, es invencible. Esta narración oral se mantiene viva en cada piqueria y en cada nota que suena en la tarima que lleva su nombre, celebrando eternamente el triunfo de la cultura y la fe.